Un nuevo sentido para la vacuidad vital

Nos da miedo asumir el vacío. Lo entendemos como un ente inalcanzable y negativo. Lo podemos ver en la vida diaria: el vacío de ruido, el silencio, aunque puede llegar a ser terapéutico, muchas personas le temen y quieren ocupar con palabras. Ya lo decía Confucio, “el silencio es el único amigo que nunca traiciona“, una óptica oriental del silencio que destaca una de las grandes ventajas de esta vacuidad de palabras: el exceso es igual de negativo.

En este sentido, las filosofías y religiones orientales tienen una aproximación a la vacuidad diferente de la occidental. Como sucede con el silencio, la ausencia no es un “no-ser” negativo, sino que es un estado diferente de la materia. Por ejemplo, no hablar no significa dejar de haber: un silencio puede ser tan positivo y explicativo como una conversación. Apostar por repensar la vacuidad a través de las filosofías orientales no es gratuito. El uso del cero, aunque se ha encontrado en todo el mundo, en occidente llega a través de las culturas mesopotámicas y sur-mediterráneas. Dieron una importancia capital a la ausencia, que se tenía que tener en cuenta para contar.

 

Vacío no es ausencia de todo, es otra forma de materia.

 

En “La plenitud del vacío“, Trinh Xuan Thuan explora la interrelación entre la ciencia contemporánea y esta visión del vacío (que no la nada) oriental. Explica cómo el concepto de vacío se suele entender relacionado con el fin de las cosas, cuando todas las partículas tienen una remanencia del vacío primordial. Antes de existir las cosas existía el vacío. Pero qué era el vacío? El vacío, en este caso, era generador de vida y de todo lo que conocemos. De un vacío surge todo. Thuan lo relaciona con un texto veda, tradición milenaria hinduista: “En aquel tiempo no había sido, tampoco había no ser”. Vacío no es ausencia de todo, es otra forma de materia.

Al final, viendo que la vacuidad es dentro de todo y alimenta todos los átomos, sólo nos queda pensar en el vacío como sentido de la vida. Este hecho nos permite abrazar los cambios y aprender a valorar los sucesos vitales. Los delicados equilibrios dinámicos que sustentan los procesos de la vida se basan, precisamente, en el balance entre ausencias y presencias. Lo podemos apreciar en el desarrollo de bacterias en un tanque de nutrientes -emulado por el famoso autómata celular creado los años 70, “el juego de la vida” – o bien en el papel que juegan determinadas especies en ecosistemas evolutivamente estables. Sin estos vacíos, la vida sería sencillamente imposible.