Capital y conocimiento: ¿una quimera?

La globalización, posible por la aparición de las nuevas tecnologías, crea retos a la comunidad internacional que no existían antes. Este proceso inevitable nos aleja a todos nosotros del paradigma conocido, del paradigma donde hemos desarrollado nuestra vida personal, la del trabajo y la vida social, y nos lleva a un terreno virgen, aún por explorar.

Estamos cambiando de estilo de vida y nos parece que es algo que nos viene impuesto. Se crean paradojas: mucha prosperidad y al mismo tiempo mucho estrés; mucha tecnología al servicio de nuestro trabajo y al mismo tiempo la sensación de trabajar sin que se tenga en cuenta la autonomía de decisión y la confianza; mucha oferta de ocio y a la vez una vida solitaria y en soledad, sin conocer nuestros vecinos. Vemos que hay muchas cosas que perdemos, pero obviamos que también estamos ganando muchas otras. Ante esto, se hace patente la necesidad de entender que se nos presenta una oportunidad para actuar diferente y cambiar (o corregir) los sistemas.

 

Debemos superar el “ver para creer” (ver el producto hecho) por “creer para ver” (creer e impulsar ideas y estrategias)

 

La importancia ahora radica en la comprensión del nuevo paradigma. Y esto no parece fácil porque la comprensión tendremos que añadir también la adecuación de los comportamientos y la disposición de nuevas herramientas. El aspecto más crucial del nuevo paradigma viene definido para entender la nueva lógica con que se rige. Ya no se trata de “ver para creer” (ver el producto hecho) sino “creer para ver” (creer en la idea estratégica por la que se apuesta, que dará como resultado el producto).

Tenemos que explorar qué más subyace en esta nueva lógica y cómo afecta en la evolución y las actividades, indudablemente condicionadas por la economía. Esta disciplina, que es consecuencia (que no premisa) de todas las cosas que hacemos, es indispensable para que cualquiera de nuestras actividades tiene un costo, las deudas que podamos generar tendrán un plazo y lo que invertimos querrá siempre un retorno. Cualquier profesional que se sienta emprendedor y quiera introducir en el mercado innovación, encontrará la primera barrera en la búsqueda de capital, alguien que crea en él y en nuevos proyectos. No podemos obviar una pieza fundamental en la materialización del conocimiento: hay que hablar de la economía del conocimiento.

 

LO INTANGIBLE Y LO TANGIBLE

Gracias al conocimiento podemos crear algo nuevo y valioso: industria, empresas, organizaciones, productos… Pero las creaciones resultantes de este proceso no sólo son materiales, también podemos extraer valiosos intangibles, como la importancia del conocimiento de uno mismo, la autorrealización o la exploración de las posibilidades de la creatividad humana. Desgraciadamente, la lógica del capital es que nada cuenta si no tiene medida, se necesitan cifras e indicadores, pero éstos sólo dan una visión de retrovisor, del pasado, descuidando valores que nos permiten mirar adelante.

Estos valiosos productos y recursos no pueden nacer en la sociedad contemporánea sin la inversión de los grupos acomodados y las élites económicas, reticentes a explorar estas ricas vías de conocimiento, sin saber que son ellos los que salen perdiendo. Hérault ya lo anunció: “lo que no se puede contar no cuenta” pero “lo que se puede contar, no es”. En el consumismo y la compulsiva compra de bienes innecesarios no hay satisfacción, es en invertir en valores intangibles donde la encontraremos.

 

EL VALOR DE LA CONECTIVIDAD

Para que el capital empiece a valorar el conocimiento y el intangible es imprescindible la conectividad: conseguir que las ideas de unos sean abrazos y adoptadas por los demás y que, entonces, se apueste por crear de forma conjunta y conectada. Lo que hay, por tanto, es buscar la complicidad del capital y enseñarle porque vale la pena el conocimiento.