No errar es un error (bien común)

Desde pequeños se nos enseña, de forma contradictoria, cómo reaccionar frente al error. Por ejemplo, cuando aprendemos a ir en bicicleta y caemos, se nos dice que eso forma parte del aprendizaje: caerse, fracasar o errar son una parte más de este proceso hacia la excelencia. Aun así, cuando en la madurez sacamos malos resultados académicos o empezamos un proyecto de emprendimiento y no tiene éxito, se nos señala y acusa de fracaso, obviando que muchos de los métodos con los que hemos aprendido son de ensayo y error.

Esto crea una sociedad que no quiere explorar por miedo a fracasar. Una sociedad que castiga el error aunque éste forme parte del proceso natural de aprendizaje. Una sociedad, pues, que en cambio de incentivar los métodos naturales, se rige por unas rígidas y ficticias ideas del éxito que no se adecuan a la realidad.

 

Sin fracaso no hay éxito y la naturaleza lo sabe: el ADN permite un gran número de errores para salir más reforzado del proceso

 

Esta selección de palabras (naturales, realidad, éxito ficticio …) no es gratuita. Aprender a través del error es natural. Nilton Bonder recoge en su libro ‘El secreto judaico de la resolución de problemas‘ el testimonio de la bióloga celular Miriam Stampfer, que explica que el ADN ha encontrado la forma “perfecta” de afrontar sus limitaciones, y es utilizando un sofisticado sistema de errores la reparación de los cuales generará nuevos métodos más efectivos de resolución de problemas. Es decir: el ADN hace, escucha y juzga. Actúa permitiendo que haya un gran número de errores durante su replicación. Los provoca y busca, y de éstos sale más reforzado, con más conocimiento de sí mismo que antes.