La naturaleza resuelve problemas

Vivir en sociedad tiene muchas ventajas. Colaboración, comunidad y sociabilidad son tres factores determinados por la vida en común que hacen nuestra existencia más fácil. Aun así, las rutinas laborales, familiares y sociales derivadas de este modelo de vida nos colocan entre la espada y la pared en dosis casi diarias. Y para resolver estos conflictos necesitamos estrategias óptimas. Los humanos, pero, no somos los únicos que nos encontramos en estas situaciones.

Durante millones años, la vida también se ha encontrado con casos que le han forzado a buscar soluciones. Frente a los problemas, ha conseguido una amplia experiencia en el desarrollo de estrategias para asegurar el éxito. Mientras que el ser humano usualmente afronta estas situaciones a través de una resolución focalizada (ante un problema, se busca una única solución), la naturaleza ha entendido que para afrontar un problema, se necesitan muchas soluciones, y por eso circunvala el conflicto y lo ataca desde diferentes bandas desplegando una gran diversidad de estrategias diseñadas para encontrar la vía más eficiente.

El mundo natural, por tanto, hace siempre balance entre los recursos (energía, tiempo, etc.) que se tienen que gastar y los resultados que se pueden obtener y determina el camino óptimo a seguir en un entorno cambiante, acosado por azarosas problemáticas. La experiencia es sabia y la especie humana tiene una vida mucho más corta que la naturaleza. Tenemos que aprender de ella, y sólo hay que abrir los ojos y aprender a observar lo que nos rodea para poder hacerlo.

En estos largos períodos de evolución, plantas, animales y otras formas de vida han desarrollado tácticas para hacer frente a las amenazas que ponen en riesgo su existencia. Desde la simbiosis, hasta el camuflaje o las armaduras naturales, todos los seres vivos han ido tejiendo, poco a poco, sus bioestratègies más eficientes para alcanzar el objetivo final: vivir gastando la menor cantidad de recursos en sobrevivir.

Un ejemplo de estas bioestrategias nos lo dan las plantas. El garrofón (Phaseolus lunatus) es uno de los casos más anecdóticos que nos permite ver la sofisticada inteligencia del mundo vegetal, que muchas veces queda olvidada frente a la del mundo animal.

En Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, obra de Stefano Mancuso y Alessandra Viola, se nos explica que cuando esta planta se ve atacada por los ácaros emite sustancias químicas que atraen ácaros carnívoros, concretamente la especie Phytoseiulus persimilis, depredadores del ácaro “vegetariano”, que devoran a los enemigos de la planta. El garrofón, por tanto, opta por una cruel -y eficiente- técnica que podría resumirse bajo el dicho popular de «los enemigos de mis enemigos son mis amigos».

 

 

Stefano Mancuso añade, además, que la estrategia del garrofón nos muestra una realidad diaria de la naturaleza donde, como si fuera una especie de escalada continúa, las plantas y los animales generan el mayor número posible de estrategias defensivas y de inhibición de amenazas, siempre teniendo en cuenta, por supuesto, cuál es la que asegura los resultados más óptimos sin derrochar energía.

Las bioestrategias van más allá de resolver problemas específicos de plantas o animales que buscan la supervivencia. También hay escenarios donde un ecosistema con una población grande de animales se autorregula para conseguir una estabilidad comunitaria. El ejemplo más paradigmático de este caso es el juego de las palomas y halcones, un caso basado en la teoría de juegos pero aplicado a las dinámicas que se dan en el mundo animal. Está extensamente explicado en el libro El gen egoísta de Richard Dawkins.

A grandes rasgos, este juego consiste en un escenario teórico donde dentro de una misma comunidad se dan dos tipos de actitudes, la llamada de las palomas (que amenazan hasta que el enemigo ataca y entonces se retiran sin sufrir daños) y la de los halcones (que atacan hasta que el otro se retira o resulta herido). Si, por ejemplo, la población tuviera un gran número de palomas, la aparición de un halcón supondría una gran ventaja competitiva para éste, ya que no tendría resistencia. Por otra parte, si hubiera una paloma en una comunidad de halcones, al no resultar nunca malherida, prosperaría en la comunidad y se podría reproducir con gran facilidad.