Redescubriendo el lenguaje natural

Las plantas están en la base de la cadena trófica. De ellas depende nuestra existencia en el planeta. Sin la fotosíntesis nunca se habría creado el oxígeno que posibilita la vida de los animales. Son, también, el origen de las fuentes energéticas (los combustibles fósiles) y son, al mismo tiempo, materias primas fundamentales para la alimentación, la medicina, la energía y los materiales (como bien apuntan Stefano Mancuso y Alessandra Viola a Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal). Llevándolo al extremo, las plantas pueden vivir sin nosotros (durante millones de años fue así), pero nosotros sin ellas no tardaríamos mucho en extinguirnos.

¿En qué grado somos conscientes? ¿Sacamos provecho de observar la naturaleza? Con qué intensidad conectamos con la vida natural, ya sea vegetal, animal o humana? Al hacerlo, ¿podemos percibir la diversidad? ¿Activamos nuestros sentidos? ¿Captamos todo el sentido de lo qué es vivir? ¿Observamos cómo se comporta cada especie? ¿Extraemos lecciones para aplicar en nuestras vidas?

Muchas preguntas. Y muchas más que aún no sabemos hacernos. La naturaleza, como un todo, ya tiene las respuestas, esperando que alguien las encuentre. La evolución de la vida lleva millones de años en marcha, durante los que cada especie ha tenido que adaptarse a un entorno cambiante. Y de no hacerlo, la especie se habría extinguido. La naturaleza, por lo tanto, ya ha aprendido a resolver sus problemas y de ello podemos aprender.

 

 

Mucho de este conocimiento a menudo es visto como anecdótico, sin pensar que los humanos también somos protagonistas. Todos sabemos que de los muchos homínidos que han existido solo sobrevivió el Homo Sapiens, si bien con un herencia del 5% de Neandertal. Necesitamos sacudir la conciencia y no autoengañarnos sobre cómo nos acercamos a la naturaleza. Seamos sinceros, ¿cuántas veces hacemos una reflexión ante las plantas, bosques o animales, sean los que sean, para comprender sus necesidades? Nos las expresan con sus lenguajes, y como si fueran otro idioma extranjero, con esfuerzo las podríamos entender. Pero no nos hemos parado a hacerlo.

¿Cuál es la naturaleza de su lenguaje? ¿Qué nos dicen? Como nos lo dicen? Sabemos poco o casi nada, a pesar de que cuando descubrimos alguna singularidad de la Naturaleza nos maravillamos. Tenemos que reconocer que vivimos alejados. No deberíamos preguntarnos, por tanto, por qué sabemos tan poco?

Cuando hablamos de la naturaleza, es obvio que, a pesar de que la entendemos, no la comprendemos. Ya sean animales o plantas, intentamos aproximarnos a ellos con la razón, pero es obvio que la razón no es su lenguaje. Los sentidos nos aportan más, con ellos descubrimos olores, colores, funciones, comportamientos, patrones vitales, adaptación a circunstancias cambiantes…

Fijémonos cómo los niños se acercan a la naturaleza, diciéndole cosas y jugando. Asimismo, ¿cuántos de nosotros no sabemos hablar con los niños? ¿Hay alguna evidencia de que responden a las razones? ¿O, en cambio, responden a los sentidos y los sentimientos? Pascal, el gran matemático ya lo decía: «el corazón tiene razones que la razón no puede entender».

¿Cómo podemos aprender de la naturaleza, pues? Sólo viviéndola. Y esta es la sabiduría que las personas del campo entienden y por la que tratan a los urbanitas con cierta condescendencia.

Janine Benyus lo explica con acierto: «No se trata de aprender de la naturaleza sino desde la naturaleza», es decir, dejar entrar la naturaleza dentro de ti, dejar que las señales que emite apoderen de todos tus sentidos. Vivir la simbiosis cuerpo y mente en armonía, regulada por las emociones que permiten ajustar y afinar su sintonía.