A dos minutos de la medianoche

Poco debería imaginar Martyl Langsdorf, ilustradora y mujer de uno de los investigadores del Proyecto Manhattan, artífice de la primera bomba atómica, que su representación del peligro nuclear en la portada de la revista The Bulletin of Atomic Scientists se convertiría en un icono hasta nuestros días.

Desde entonces, las agujas del Reloj del Apocalipsis, como así se le denominó, no han dejado de moverse aproximándose y alejándose del punto de la medianoche que representa el fin del mundo.

Desde el año pasado, el minutero se encuentra sólo a dos minutos de esa hora fatídica, un nivel de alerta que no se repetía desde la crisis de 1953 entre EE.UU y la URSS en plena Guerra Fría.

El alcance de esta amenaza es ahora mucho más amplio e incluye las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera que no han dejado de crecer exponencialmente desde la década de los cincuenta y que volvieron a aumentar en 2017 y 2018.

 

El primer colapso global de la historia?

No es la primera vez en la historia de la humanidad que la sobreexplotación del entorno ha terminado por hacer entrar en declive civilizaciones enteras o simplemente las ha borrado para siempre, como también ha ocurrido con numerosas especies animales.

Esta vez, sin embargo, el colapso sería global, debido a la concatenación de problemas interrelacionados: cambio climático, rápida extinción de especies, degradación de la tierra y su fertilidad, diseminación de tóxicos, acidificación de los océanos, eutrofización de las aguas, nuevos riesgos epidemiológico, agotamiento de recursos esenciales…

Se hace difícil hacer frente a una situación tan compleja y global desde una perspectiva estrictamente humana, por eso son especialmente bienvenidas visiones que se sitúan en un punto de observación tan alejado como el que nos ofrecen los biólogos Paul y Anna Ehrlich, profesores e investigadores de la Universidad de Stanford.

Su estudio, desde la ecología, de la evolución de poblaciones naturales de mariposas, peces y pájaros aporta un nuevo contexto menos antropocéntrico al impacto de los humanos en el planeta.

Como se desprende del artículo “Can a collapse of global civilization be avoider?”, Publicado en la revista científica Proceedings of The Royal Society B, las medidas que se puedan plantear para reconducir la situación quedarán siempre cortas si antes no se toman decisiones efectivas para frenar el crecimiento demográfico y la superpoblación.

Basta con ver que, a nivel de recursos, nos habría que disponer de medio planeta más para mantener el consumo de la población actual según los estándares de vida de los países desarrollados.

Pero si vamos más allá, y hacemos el ejercicio de situarnos en 2050 sumando 2.500 millones de personas en el total de habitantes, estimándose unos niveles de consumo como los que se dan actualmente en EE.UU, podremos comprobar que necesitaríamos , como mínimo, los recursos equivalentes a 4 o 5 Tierras!

 

Síntomas de desintegración

En opinión de los autores del estudio, el primer síntoma claro del inicio de un colapso global se traduciría en la imposibilidad de alimentar adecuadamente a una buena parte de la población mundial.

Uno de los grandes “milagros tecnológicos” que ha propiciado un incremento exponencial de la demografía, hace ya cerca de 80 años, ha sido la revolución de la agricultura industrial pero por su diseño insostenible, lleva en sí su propia fecha de caducidad.

Ni que decir tiene que cualquier Estado que no sea capaz de garantizar un suministro tan básico vería caer la cohesión social mínima necesaria para que no se desintegrara su estructura.

 

 

El calentamiento global, abocado ya a un incremento de 2'4ºC (claramente por encima de los 2ºC que los científicos consideraban "seguro") provocará daños irreversibles, entre otros, en la producción alimentaria. De no tomar medidas urgentes, un incremento hasta los 5ºC de la temperatura media podría muy bien dejar nuestra especie fuera de la historia.

Así pues, habría que reducir a la mitad el uso de combustibles fósiles para 2050, un objetivo difícil de alcanzar, entre otras cosas, porque los propios fertilizantes y pesticidas utilizados en la actual industria de la alimentación dependen del petróleo para su fabricación. Nuevos países emergentes aspiran a los niveles de vida de los que han disfrutado durante décadas países occidentales y esto implica demandas energéticas exhorbitantes.

A nivel mundial se prevé crear 1.200 centrales energéticas de carbón (datos de 2012), que supondrían una capacidad instalada de 1,4 millones de Mw, la mayoría en China.

 

Y pues, estamos ante lo inevitable?

A pesar de este horizonte que se va oscureciendo a medida que pasan los años sin que se produzcan reacciones drásticas por parte de la comunidad internacional, Paul y Anna Ehrlich se muestran convencidos de que la sociedad global tiene capacidad para reacción ante graves amenazas globales como ha demostrado en el pasado con la limitación de la escalada nuclear, pero que el principal enemigo es la baja conciencia de que la sociedad tiene aún de su gravedad.

Entendiendo que la falsa creencia de que la tecnológica nos salvará mágicamente de estos peligros (buena parte de los problemas actuales han sido generado por malas elecciones tecnológicas) no tiene demasiado recorrido, podemos adoptar una visión más integradora y holística que asuma criterios inspirados en la Naturaleza, siempre sostenible y equilibrada en el uso de los recursos.

En esta situación crucial científicos y tecnólogos están llamados a jugar un papel fundamental, en estrecha complicidad con amplias capas sociales, para revertir el desastre.

Esto implica, de entrada, renunciar al espejismo del crecimiento anual sostenido y arbitrario y aprender a desacelerar. Reducir el sobreconsumo, repensar las prioridades de desarrollo tecnológico y, en esencia, aceptar que otra distribución de costes y beneficios es necesaria, con sacrificios para el presente, en beneficio del futuro.

En esencia, estamos hablando de responsabilidad generacional y de instinto de supervivencia como especie. Independientemente de si nos sentimos implicados o no, el tiempo para actuar es ahora. No nos pase como la rana que cuando decidió escapar del bote con agua caliente en el que se encontraba ya era demasiado tarde. La temperatura había subido tan lentamente que cuando se pudo dar cuenta ya estaba demasiado debilitada para reaccionar.

 

Jordi Carrasco

Instituto de Ciencias Biomiméticas